Carta de Gonzalo Pereira Pérez
Una baldosa no deja de ser, de alguna manera, una lápida. Una lápida sin cuerpo…sin embargo.
Algo denegado por décadas que encuentra ahora una forma de expresarse. El cierre de una vida
singular.
Me impresionó leer en un reportaje a Doña Rosario, la niñera de Ernesto Guevara en Alta Gracia,
que ella recordaba algunas de sus frases de niño: “¡Si hay una injusticia es que estamos en pie de
guerra!”, o, “Todos nacemos y morimos iguales”. Frases claramente salidas de lecturas de
Sandokán , Julio Verne o Alejandro Dumas. Y que también podríamos haber pronunciado en
nuestra infancia patagónica blandiendo espadas y pistolones de juguete. Martín tenía ese espíritu
justiciero que lo acompañó siempre.
Hay una anécdota de los 15 años que ilustra ese quijotismo y espíritu justiciero y como se iba
encarnando en el temperamento de mi hermano. La escena es en el aula de 4° año de secundario
(Colegio Nacional de Mar del Plata). Un compañero a punto de ser linchado por judío, todo a cargo
de 7 u 8 ¨valientes¨. Martín junto con otro, nuevo en el curso, fueron los únicos que salieron a
defender a trompadas a quien ni siquiera era su amigo.
Nos criamos como mellizos por la poca diferencia de edad, pero hacia la adolescencia fuimos
marcando nuestros temperamentos. Él era brillante, con una inteligencia superior que mostró
desde muy niño. Gran capacidad de concentración, buen ajedrecista, lector precoz e insaciable, y
un don social que fue madurando con el tiempo hasta ser alguien con gran influencia sobre los
demás. En su despertar ideológico, en plena adolescencia, tuvo que lidiar con un padre muy gorila
e infinitamente bueno – ¡qué difícil! Salió de esa crisis yendo hacia Buenos Aires, con lo que
empezaría otra etapa, signada por la militancia sindical y política.
Otros atestiguarán mejor que yo ese momento, pero me consta que era valiente, incorruptible,
solidario, firme en sus convicciones sin ser dogmático. Se mudó en 1972 y al poco tiempo había
entrado a trabajar en El Hogar Obrero desde abajo, como cadete o algo así. Fue ascendiendo por
su valía personal, y al poco tiempo, gracias a su carisma, su integridad y sus ideales era delegado
de sección, ingresando así a la militancia sindical.
Martín estuvo en Ezeiza, con clara conciencia de las facciones en pugna, y no pasó mucho tiempo
–hacia finales del ’74- que ya estaba en la mira de grupos violentos de ultra derecha y después de
la Triple A.
Nada define mejor a un hombre que sus enemigos…
Por esa época yo viajaba cada semana a tomar clases de violoncello con mi maestro de la Sinfónica
Nacional. Era el momento de encontrarnos. Siempre tenía algo nuevo que compartir: una película
un concierto, un libro o un disco. Siempre elegía con un criterio y un gusto que rara vez fallaba.
Martín era una persona sumamente culta y con gran sensibilidad por el arte, en especial el cine, la
literatura y la música. Al mismo tiempo tenía una llaneza que le permitía interactuar con
cualquiera sin hacer diferencias.
Muchas veces me llevaba a reuniones políticas que cada vez eran más serias y menos diletantes,
por así decir. Lo acompañé en ese desarrollo ideológico hasta que hacia fines del ’75 ya no pude
seguirlo. Yo tenía mis objeciones y también una vocación ya definida. Pero no dejamos de vernos
a pesar de su clandestinidad. Intentó seguir varias carreras que no continuó. Su último trabajo fue
para la firma Elsa Serrano.
Rechazó enojado un ofrecimiento de nuestro padre para ayudarlo a salir del país. Tuvo el gesto de
dejar de ver a varios seres queridos para protegerlos y no poner en peligro su vida.
En Marzo del ’77 (un mes antes de su secuestro) tuve ocasión de estar con él. Era mi primer viaje
del año a Buenos Aires para tomar mis clases, y había cosas que aclarar ya que, al estar nuestra
casa vigilada se le pidió que ni se acercara ese verano. Hablamos de los riesgos objetivos que se
cernían. Le expresé mis miedos respecto de su vida. Él afirmó sus convicciones. “No tengo pasta de
mártir”, me dijo como para tranquilizarme. Con todo aclarado nos despedimos simplemente,
como suele ser entre hermanos. No lo vi nunca más.
Evoco a Martín y veo un muchacho que podría ser mi hijo, y aún mi nieto. Preclaro e inconsciente
a la vez. Solidario, sensible, apasionado, corajudo, divertido, justiciero, íntegro. Con una
honestidad intelectual de las que hoy no hay. Consecuente, con un gran imperativo ético. También
era impulsivo, arbitrario, moralista, algo maniqueo. No era cualquiera, era una personalidad
singular. Una promesa en cualquier ámbito en que se hubiera desempeñado. También era
arrogante en sus convicciones, tal vez no llegó a relativizar sus verdades… Tenía 23 años.
Esta evocación inevitablemente me lleva a considerar lo generacional. Estela de Carlotto dijo una
vez “qué país tendríamos si…”
Al segar de manera selectiva (por eso es genocidio) una parte de nuestra generación, se
desequilibró la totalidad de la sociedad. Una parte de todos nosotros también desapareció con
ellos. Todos nuestros posibles desarrollos sociales y humanos se truncaron por su ausencia. Esto
es un hecho.
Ahora, tantos años después, está esta baldosa conmemorativa. La hicimos con alegría una tarde
algunos que lo quisimos, por iniciativa de amigos fieles. Ahora se ha vuelto algo molesto para
otros, algo riesgoso, algo frágil. Y en vez de ponerla donde debe estar, a la vista de todos,
preferimos ponerla en custodia en un sitio seguro al cuidado de personas confiables, hasta que
pasen estos tiempos difíciles que se vienen. Quedará entonces bajo la hospitalidad de Claudio
Yacoy de la Secretaría de Derechos Humanos de Avellaneda. Infinitas gracias.
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